Restregarte los bajos contra un pene o una vagina es algo que va muy bien para alcanzar un orgasmo, pero tiene un inconveniente: dichos órganos del placer suelen estar adosados al cuerpo de otro ser humano con el que a lo mejor luego riñes, te peleas, te causa problemas y, ¡el colmo!, pérdidas económicas.
En estos tiempos de declive económico a nivel mundial, cada vez más gente opta por abstenerse de practicar el sexo con otras personas, prefiriendo en su lugar complacerse a sí mismas mediante una técnica conocida indistintamente como “masturbación", “onanismo” o “pajearse”. Es cosa normal tanto para hombres y mujeres utilizar para estos menesteres ya sus propias manos, ya adminículos adquiridos en tiendas especializadas como “consoladores”, “vaginas vibratorias” e incluso “destructores anales”, pero las personas más ahorradoras y avispadas están echando la vista atrás, a sus épocas de mocedad, cuando reciclaban los enseres del hogar en objetos de estimulación erótica; a veces en el bosquecillo que había detrás del patio del colegio, a veces en el lavabo de la casa de los abuelos mientras ellos roncaban en el sofá delante de un episodio de Se ha escrito un crimen.
Deseosos de investigar estos métodos, hemos llevado a cabo un importante experimento científico con objeto de elucidar si las tecnologías empleadas durante la adolescencia en materia de autogratificación sexual son lo suficientemente efectivas como para hacer de la copulación entre humanos algo redundante en el futuro.
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