Antes de escribir reseñas de cine porno en la revista, que van de todo menos de porno, Chris Nieratko afinó su chifladura como director de la revista skate Big Brother. Esto último ha servido de gran influencia para nosotros (aunque Chris sigue reclamando que lo hemos plagiado). Hace unos meses, Chris desafió el embargo comercial que EEUU mantiene sobre Cuba, y se fue allí de gira con el propósito de entregar tablas de skate como si fuera un cagatió con patas. Aquí te lo cuenta.
Soy una persona dadivosa. Ignoro el motivo; sencillamente,
forma parte de mi naturaleza anteponer a los demás antes que a mí. Ayer, por
ejemplo, estaba en el autoservicio de White Castle y la diminuta mujer que se
encargaba de los cobros dentro de su cabina de cristal me informó de que la
suma de mis compras ascendía a 5,55 dólares. Yo le dí 21 dólares y 5 centavos.
Ella me dijo que le había dado demasiado dinero e intentó devolverme el dólar y
5 centavos sobrantes, a lo que yo le expliqué que así le resultaría más
sencillo darme el cambio; sólo tendría que coger de la caja un billete de diez
dólares, otro de cinco y dos monedas de 25 centavos. Se quedó confusa. Le
aseguré que si marcaba la cantidad en la caja registradora tal y como yo se la
había dado, la magia pura de las matemáticas se impondría, los planetas se
alinearían y todo sería tal y como le había profetizado. Aunque dubitativa, la
mujer se dispuso a intentarlo y, ¡oh! Cómo se le iluminó el rostro cuando la
máquina le indicó que tenía que devolverme un billete de diez, uno de cinco y
dos monedas de 25. Ayer le cambié el mundo a esa mujer. ¿Por qué? Pues porque a
mí me importan las personas. Cierto, su dominio de las matemáticas no bastaba
para contemplar determinadas variables, pero si en el futuro vuelve a
encontrarse en la tesitura de tener que cobrar 5,55 dólares, dispondrá de
conocimientos suficientes como para dar correctamente el cambio de 21 dólares y
cinco centavos. ¡Qué gratificante es mejorar las vidas del prójimo!
A principios de año me encontraba en una encrucijada,
incapaz de decidir si mi próxima buena acción debería ser iniciar una hambruna
a nivel global o terminar de una vez con la paz en el mundo. Junto entonces, de
forma inesperada, mi amigo Augie de Acapulco Global Clothing me envío un enlace
a un vídeo en Internet titulado The Cuban Skate Crisis. Se trataba de un breve
documental que mostraba cómo a los skaters cubanos les afectaba el embargo
económico que se le había declarado al país cerca de 50 años antes de que ellos
nacieran. Sus equipos eran lamentables; rodaban sobre tablas alabeadas y
ajadas, con rodamientos oxidados y ruedas cuadradas, y sus zapatillas estaban
tan rotas y gastadas que más parecían sandalias o chanclas. En una escena salía
un chico llorando porque se le había roto la tabla. No tuvo más remedio que
arreglarla como buenamente pudo con clavos, grapas y cola y reforzando la base
con un tabla de madera. Siendo yo dueño de tres tiendas de skate llenas de tablas,
aquello me resultó descorazonador. La única forma de que ese chico, o cualquier
otro chico cubano, obtuviera una tabla nueva, era que alguien se la llevara.
Tener a Obama al cargo de las cosas y, de repente, sentir
que los gringos tenemos a alguien razonable en la Casa Blanca, hizo que me
decidiera a lanzar una llamada a las armas con objeto de llevar a los cubanos
tanto producto como pudiéramos transportar. El problema era que los americanos
llevamos medio siglo sin poder volar directamente a Cuba, y que cualquier
ciudadano americano al que pillen viajando allí se arriesga a que nuestro
gobierno le clave una multa de entre 10.000 y 100.000 dólares. Eso, sin ponerse
a pensar en lo que pasaría si es el gobierno cubano el que te descubre y te
arresta.
Ni falta hace decir que yo estaba cagado de miedo. Estaba
planeando una misión en un lugar en el que nunca había estado, donde no conocía
a nadie, desconociendo el idioma, sin comprender del todo el clima político y
teniendo a mi cargo la seguridad y bienestar de los 18 skaters que se habían
apuntado a la movida; por no mencionar a mi esposa embarazada de 5 meses, que
también viajaría conmigo. En mi corazón deseaba que todo aquello fuese pan
comido, que algún poder elevado nos guiara y nos ayudara a atravesar cualquier
precipicio con los ojos cerrados, ya que al fin y al cabo nos estábamos
embarcando en una misión de buena voluntad. Como los Blues Brothers, estábamos
en una misión divina. ¿Cómo podíamos perder?
Bueno, esa forma de pensar era una estupidez. Ahora os puedo
decir que hubiéramos acabado todos entre rejas de haber ido a Cuba en una
barcaza desde Panamá tal como tenía planeado. Menudo genio americano estoy
hecho. “Colega, lo único que tenemos que hacer es navegar hasta allí y darles a
los cubanos lo que les llevamos”. Gracias a la divina providencia sigo siendo
un hombre libre y puedo hoy narraros nuestra aventura.
En enero fui a ver a un amigo que trabaja para Red Bull con
intención de sacarle pasta y pagar a los skaters que irían conmigo a Cuba. Me dijo
que justo hacía poco había ido a verle un cineasta especializado en
documentales, Tomas Crowder, quien tenía la idea de hacer una película sobre la
escena skate cubana. Que tendríamos que hablar. Dos semanas más tarde volé a
Los Angeles para conocer a Tomas. Me explicó que si hubiéramos aparecido por
una pista de skate con todo ese material, soldados con metralletas nos habrían
detenido, confiscado todo y llevado a comisaría para ser interrogados. Resultó
que Tomas llevaba años trabajando con el gobierno cubano en un programa para
ayudar a los skaters de la isla y que podía conseguirnos los permisos
necesarios para llevar a cabo nuestra idea. Tres meses después, 18 de nosotros
tomamos un vuelo a La Habana (con escala en Panamá) cargando 50 skateboards completos,
150 tablas, 100 pares de ruedas, 200 pares de zapatillas Vans y éS y más
parafernalia skate de la que podrás ver en tu tienda habitual.
Llegamos a La Habana bajo el manto de la oscuridad a eso de
las 2 de la madrugada. Uno tras otro fuimos pasando el control de aduanas, no
muy seguros de lo que nos sucedería una vez alcanzáramos la seguridad. Pero lo
logramos. El primero en superar el control se marchó a comprar cervezas para
todos, para celebrar el éxito de la primera etapa. ¡Lo habíamos hecho! ¡Todos!
Bueno, no, excepto el último. Por supuesto. A nuestro hombre, Tomas, le
impidieron el paso y se lo llevaron dentro para interrogarle durante una hora.
Todo lo que yo podía pensar era que habíamos perdido a nuestro guía; sin
conocer a nadie más, estábamos de mierda hasta la cintura.
Finalmente le dejaron marchar sin ponerle más pegas. Ahora
nos tocaba calcular cuántos taxis nos hacían falta para llevar a 18 personas,
cada uno con dos bolsas de viaje de entre 30 y 45 kilos de peso cada una…
La ciudad de La Habana es tal y como os la podéis imaginar:
un lugar que antaño fue majestuoso y hoy está congelado en el tiempo. La
mayoría de los automóviles son de fabricación americana y de antes de la década
de los 60. Para los chiflados de los coches antiguos, La Habana es como un
sueño húmedo. No me cuesta imaginar a la pobre gente del país violada y
despojada de sus coches tan pronto Obama levante el embargo.
La gente, en general, fue amistosa con nosotros; se
mostraban felices de ver americanos y nos cosían a preguntas sobre cómo era el
mundo exterior. Aun así, se palpaba una corriente subterránea de miedo
permeando las calles. Los ciudadanos cubanos están acostumbrados a vigilar
quién podría estar vigilándoles. De cháchara en un spot, un tipo me contaba que,
debido al embargo, le resultaba imposible obtener cosas indispensables para él
como piezas de recambio para ordenadores y automóviles. Me estaba diciendo que
era dueño de un taller donde fabricaba pastillas de freno artesanales cuando,
tan pronto sus labios pronunciaron las palabras “pastillas de freno”, se
percató de que un soldado uniformado estaba mirando en nuestra dirección. Sin
decir más, se largó a la carrera.
Más que ninguna otra cosa, ese viaje me hizo apreciar las
libertades de las que gozamos en América. Sí, qué queréis que os diga, fue así.
Existían un montón de penalizaciones y leyes absurdas de las que yo no tenía la
menor idea antes de mi viaje. Básicamente, la policía podía enviarte tres años
a la cárcel por ninguna razón en concreto. Si no tienes trabajo, la policía te
da quince días para encontrar uno. ¿Todavía sin trabajo después de quince días?
Pues a la cárcel, tres años. Conocí a un skater cubano llamado Che Alejandro
Pando Nápoles que se ganaba la vida como tatuador. Me contó que una vez compró
un autoclave en el mercado negro pero no tardó en librarse de él porque, al
carecer de los documentos que le permitían poseer dicho aparato, temía que le
pusieran diez años entre rejas acusado de haberlo robado. Ahora esterilizaba
las agujas con líquidos y metiéndolas después en una olla exprés. Al igual que
los skaters, su único modo de conseguir tinta y agujas era confiar en que
alguien, milagrosamente, volara hasta La Habana y se las diera.
La mañana del día en que íbamos a regalar los skates nos
sentamos junto a la piscina, bebiendo mojitos y ensamblando las piezas. La
gente del gobierno, usando las cámaras de vigilancia del hotel, vio lo que
estábamos haciendo e insistió en saber cuáles eran nuestros motivos. Llamaron al hotel y enviaron personal a que
nos interrogaran. Es una sensación desconcertante saber que te están vigilando
constantemente. La vigilancia que hay en Cuba hace que nuestra Patriot Act
parezca un garabato escrito en una servilleta de un bar.
CHRIS NIERATKO
Muchas gracias a todas las
compañías y skaters que cedieron su material y su tiempo para que lleváramos a
cabo nuestra misión. Podréis ver esta historia antes de que el hijo de Chris
vaya al colegio dirigiéndoos a VBS.TV
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Para que luego vengan cuatro retrasados a decir que en Cuba la gente no está tan mal, que desde fuera parece que sí, pero que no lo están. Mis cojones.
Publicado por: Tron | 25/02/10 en 15:35
Gracias por este blog.
Publicado por: nike air max 2009 | 25/03/10 en 5:36
Skate is my passion!Would like to see more posts on this topic!
Publicado por: Rag & Bone/JEAN | 04/02/11 en 16:16