Hace dos semanas este tio nos llamó a las 6 de la madrugada gritando que estaba fuera de la oficina y que quería escribir un artículo sobre 'música que se autodestruye'. Luego soltó un 'Sé qué tenéis cerveza allí dentro. VENID A ABRIRME', y colgó. Cuando no está ejerciendo de gillipollas por Barcelona, inventa personajes reprehensibles que populan sus relatos cortos y amargos como los dos que vienen abajo.
También mantiene un blog literario, informado e irreverente con el titulo Mondo Nuclear.
UNA MUJER DE RECURSOS
Un día empezamos a salir. Paseábamos de la mano por paseos llenos de árboles. Cuando hicimos una semana le regalé una taza. Al día siguiente él me regaló otra y nos reímos. Entonces empezamos a pasear agarrados de la cintura. Cuando hicimos un mes me regaló un teléfono móvil. Fue excesivo pero me hizo ilusión. Él era así. Mis amigas me tenían envidia y poco a poco nuestra amistad fue chirriando. Cuando hicimos medio año me regaló varias camisetas, todas de grupos musicales que nos gustaban a los dos. Por aquel entonces ya sólo Greta era mi amiga. Él y yo paseábamos agarrados, acaramelados, y mirábamos a los niños jugar y yo le decía: ¡cómo me gustaría tener un hijo! Cuando hicimos dos años compró una casa y fuimos a vivir juntos. Mis padres no aprobaron que me fuera de casa tan joven y a vivir con un hombre con el que ni siquiera estaba casada, pero me dio igual. Me llevaba a restaurantes y éramos felices. Cuando hicimos tres años, cuatro meses y dieciséis días me dijo que Greta se venía a vivir a casa. Me dijo que dormiría en nuestra cama y que podía irme cuando quisiera. ¡Cuánto me quiere! ¡Cuántas mujeres querrían vivir con tanta libertad! No volví con mis padres, claro, y cuando llamé a Greta me dijo que estaba viviendo en mi casa, ¡claro, si ya lo sabía, qué cabeza la mía!, pero como yo soy una mujer de recursos cogí unos cartones y los planté en un callejón bien resguardado del frío en invierno y de las envidiosas todo el año. Ahora soy famosa, quizá me hayáis visto, soy la de la camiseta de Franz Ferdinand, la taza de café siempre vacía y el teléfono móvil que nunca suena, me va de maravilla.
UNA ERECCIÓN
Caminaba yo por la calle, tranquilo y pensando en mis asuntos (una venta que había hecho esa misma tarde, la canción que sonaba en mi walkman, pensaba incluso en mi horrorosa esposa que me esperaba en casa con -espero- la cena hecha y con -espero- poco o nada que contarme sobre su día laboral) cuando de pronto, en el momento exacto en que mi pie izquierdo estaba sobre la tercera y mi derecho sobre la cuarta línea del paseo de peatones, una mujer que cruzaba la carretera en dirección contraria a la mía cayó al suelo, desplomada, desmayada, a escasos dos metros de mí. Lo primero que hice fue mirar alrededor, por si alguna ocasión de hacerme el héroe era posible, pero vi que nadie había en muchos metros, nadie en la calle, nadie mirando por las ventanas, ni un coche se escuchaba, era un día inusualmente tranquilo como comprobé -no me había percatado antes- al quitarme los cascos del walkman. Y al no haber nadie pensé: debo reanimarla y pedirle que salga conmigo la noche siguiente. Y pensé: no, eso sería estúpido. Y pensé: nadie me va a ver, y la mujer parece suficientemente desmayada, si es que se puede acaso estar desmayada a medias, como para hacer cualquier cosa y salir indemne de esta situación que desde luego nunca contaré a mis nietos. Y pensé: quizá subirle la falda y tocarle las bragas, me conformo con eso, no necesito más, soy un hombre casado. Y pensé: o quizá pueda mover -no parece pesar mucho- su cuerpo, es una mujer atractiva, y tener sexo con ella antes de que su mente vuelva de sabe Dios dónde se encuentra ahora. Y pensé todo esto mientras caminaba (pie izquierdo, quinta línea, derecho, sexta, izquierdo, séptima, derecho, octava) y miraba al cuerpo desplomado de esa joven muchacha, morena y vestida de manera elegante, y caminé hasta pasar de largo y tener que forzar la posición del cuello para mirarla tanto que me resultó molesto, y al final pisé la acera y enfilé la calle en dirección a mi casa, erecto.
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Eh, que conste que este tipo se llama VICTOR MANUEL MARTÍNEZ GARCÍA y es el nombre más literario (y estúpido) que se habrá visto nunca.
Publicado por: Ainhoa | 26/01/10 en 15:01
Lo peor es que lo de la llamada es cierto Y NADIE ME ABRIÓ LA OFICINA. Sigo sabiendo que guardáis cerveza dentro.
Publicado por: V | 26/01/10 en 15:58
La guardamos, si es verdad, pero caliente, pa joder los atracadores.
La Real Ale nos la proporciona Titus desde el celler escondido. Gourmet y privilegios hasta la muerte!
Publicado por: Giusy Garibaldi | 26/01/10 en 18:38
deberías unir los dos relatos, a lo amores perros:
"(...)pero como yo soy una mujer de recursos cogí unos cartones y los planté en un callejón bien resguardado del frío en invierno y de las envidiosas todo el año. Ahora soy famosa, quizá me hayáis visto, el otro día estaba tan hambrienta que me caí en un paso de cebra y un tío con un walkman me miró las bragas pero ni me ayudó a levantarme"
n e ways, me han gustado.
Publicado por: señor bola | 27/01/10 en 22:45