El culto congoleño a la moda conocido internacionalmente como La Sape (Sociedad para el Avance de las Personas Elegantes) se remonta al regreso de los soldados africanos a Brazzaville tras luchar en el bando francés durante la 1ª Guerra Mundial. En la década de los 60, el intento del déspota zaireño Mobutu Sese Seko de promover un retorno al modo de vestir tradicional instigó un revival de La Sape por parte del músico soukous Papa Wemba. La juventud urbana del Congo no deseaba saber nada de la “autenticidad” que defendía Mobutu, y de esta forma dio inicio la devoción a la moda europea, rayana en el culto, que se asocia a los movimientos Sape de hoy.
El domingo 16 de agosto de este mismo año, si por cosas de la vida te encontrabas viajando carretera abajo por Voortrekker Road en la sección entre Parow y Beltville, es posible que vieras hombres mayores de 30 años caminando con aire presumido por la línea central, vestidos todos con trajes de tres piezas inspirados en los colores naranja, verde y amarillo de la bandera congoleña: una pista de que justo el día anterior se había celebrado el Día de la Independencia del Congo. En cualquier esquina de las cercanías, o apoyándose contra las paredes de cafeterías y tiendas de reparación de electrodomésticos, hombres con perillas blanqueadas abrían sus chaquetas y chalecos para hacer alarde de las etiquetas de famosos diseñadores europeos. Proliferaban las pipas y los cigarros puros, y también los bastones. Un hombre llevaba un parque en el ojo decorado con el dibujo de un cráneo y dos tibias, otro dos corbatas; éste segundo se había anudado el cinturón de modo que un extremo quedara colgando por debajo de su chaqueta de Armani: una oblícua referencia a los finos corbatines de Ralph Lauren.
“Para ellos, toda prenda debe ser de una marca famosa, y no se les puede ver vistiendo la misma dos veces. Un traje puede costar 10.000 rands, y unos zapatos hasta 30.000 rands si son Jimmy Weston, hechos a mano. Y estos tipos no son ricos. Son guardias de seguridad, taxistas, algunos incluso vigilantes de coches, y ganan entre 1.500 y 4.000 rands al mes. Por tanto, les lleva mucho tiempo poder volver a aparecer en competición de nuevo”.
La ironía de celebrar la independencia del país de uno de Francia vestidos con trajes a la manera europea (y en una carretera llamada Voortrekker, nombre que se le dio a los emigrantes boers de mediados del siglo XIX), no se le escapó al organizador de la celebración, Gur-Lassavane Milandou, tampoco ajeno a la perversidad inherente de un culto que lleva a muchos de sus participantes -a menudo pasando apuros debido a su condición de refugiados, o con permisos de residencia temporales-, a prescindir hasta de la comida para poder comprar una pieza de ropa diseñada por Tokio Kumagai. Sin embargo, los beneficios superan las contradicciones, por lo que parece.
“La sapologie tiene el poder de unir a los congoleños, y necesitamos desesperadamente esa unidad porque sólo somos tres millones en todo el mundo, y aquí en Sudáfrica no más de 8.000”.
La sapologie es un movimiento enorme en la capital de la República Democrática del Congo, Kinshasha, pero en Voortrekker Road, a pesar del explosivo aumento de expatriados congoleños, la inmensa mayoría de participantes provienen de Congo-Brazzaville.
“Tras años de guerra civil entre el norte y el sur de mi país”, explica Gur, “dejó de haber competiciones de fútbol, nuestro gran pasatiempo nacional. En su aausencia, la juventud se obsesionó con La Sape, que les daba la oportunidad de sentir que todo estaba limpio y en orden en tiempos sucios y caóticos”.
Aquí, en Ciudad del Cabo, están presentes muchas de las condiciones que sostienen la sapologie en Brazzaville: miseria, escasez de diversiones y el siempre presente miedo a la persecución. Las vergonzosas tendencias xenófobas del país quedaron patentes por los gritos de los pasajeros de los taxis que pasaban. Una de las coletillas que mejor ilustran la rampante xenofobia imperante aquí es esa, os sonará, de, “Nos roban nuestras mujeres y nuestros trabajos”. En este contexto, los encuentros de La Sape podrían ser percibidas como la provocación definitiva. Gur no está de acuerdo.
“El problema de los hombres sudafricanos es que no pueden imaginar un universo en el que ellos no ocupen el mismísimo centro. La Sape no tiene nada que ver con ellos, ni con sus mujeres. Es una pasión genuinamente congoleña, el disfrute de la ropa, nada más”.
Los encuentros de La Sape se caracterizan por sus agresivos despliegues verbales, pero estos se centran exclusivamente en las elecciones personales en cuestión de moda, y se acompañan de aleteos de chaquetas para mostrar las etiquetas de su forro interior, el levantamiento de perneras para exhibir calcetines y zapatos, y en el caso de un gentleman de mirada severa que respondía al nombre Sape de Ma Paulo de Cape Town, en suspender de una pipa durante media hora larga una corbata de color fucsia.
Resultó sorprendente oir a Gervais (que se rebautiza como Libérateur en noches como ésta) presumir de ser de Saint-Denis, “en face du Stade de France”. Según Gur, proclamar París como lugar chic de procedencia es algo habitual. “Es mucho mejor que decir que vienes de Parow, Goodwood o Salt River, ¿no?”
Pero fue a estos suburbios nada elegantes, nada chic, a donde los Sapeurs regresaron tras una comida a base de tilapia al grill y tapioca, probablemente para planchar sus uniformes de guardias de seguridad o revisar el nivel de aceite de sus taxis.
ARTÍCULO DE SEAN CHRISTIE
FOTOS DE WAYNE KEET Y DYLAN CULHANE
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