¿Te puedes creer que el último número de la revista lleva ya casi tres semanas en la calle y aún no hemos ofrecido ninguna explicación sobre su contenido? Ups. Básicamente, el mes pasado VICE cumplió 15 años y lo que está en tus manos, en la estantería o en tu baño ahora mismo, es un número que no publicamos en su día, mezclado con algunos contenidos que sí que existían en España, que nosotros habríamos publicado. Joder, no es tan complicado y es que escribiendo esto empiezo a aburrirme a mí mismo.
Esto es algo que no cabía en nuestro número. Algo sobre cómo los gays de Nueva York tenían una absoluta falta de sentido del humor después de la década de los 80.
“¡Aquí hay nada de nada de cruising!”, se queja mi amigo Alphonse mientras busca alguna presa, y tiene razón. Los presentes, en su mayor parte gays y lesbianas, algo rígidos, fríos y muy alerta, todos miembros del grupo ACT UP (AIDS Coalition to Unleash Power ó en castellano, la Coalición del SIDA para Desatar el Poder), se encuentran arrimados en la librería Revolution Books de la Avenida B en el East Village de la ciudad de Nueva York. Usualmente se reúnen los lunes por la noche en Cooper Union, pero a última hora los han mudado de lugar, logrando el cambio vía flyers hechos a última hora y llamadas frenéticas a los socios. El factor espacio pequeño lo intensifica todo.
“¡Che Guevara era racista!”, grita Kathleen Greaves, de 23 años, con sus rastas gigantes y zapatos de John Fluevogs, cuando es su turno para hablar frente al micrófono. Grita la palabra “Guevara” con un acento correcto y una mirada muy seria.
“Mírala, ¡se cree una diva! ¡Te lo crees, cariño! ¡Créetelo!”, me susurra Alphonse al oído. He traído a mi amigo Alphonse para enseñarle de primera mano lo que él me ha estado diciendo durante años: qué es “lo que está mal con los maricas de esta ciudad hoy en día”, según él. Presenciamos la Nueva Seriedad Gay. Alphonse es veterano de los días de la decadencia del Nueva York Gay de alrededor de los finales de los años 60 y principios de los 70… y hasta antes que eso. Nació en 1932, mucho antes de que hubiesen nacido los padres de los activistas de ACT UP, y vivió en la zona downtown de Manhattan cuando los primeros bares gays eran unos chiringuitos de la Mafia en Greenwich Village. Alphonse tiene 62 años.
“¿A quién me tengo que follar para poder tomarme algo aquí?”, comenta Alphonse, con una mirada borde.La reunión comenzó con un debate sobre cómo se debería interrumpir, tácticamente, la marcha para celebrar el 25 aniversario de Stonewall en la zona del downtown, la cual coincidiría con los Gay Games que bombardearán la ciudad esta semana. La charla se ha ido fuera de su curso y se ha convertido en un argumento intenso sobre el supuesto pasado homófobo y racista del Che Guevara. El grupo que comenzó el tema de la homofobia de Guevara - y si los homosexuales deberían llevar su imagen en chapas adornando sus chupas de cuero– ,ahora ha sido acusado de racismo por otros integrantes de ACT UP, particularmente los de color.
Gregory Wolens, un activista gay nocturno de 25 años que trabaja durante el día para la Coalición de Vagabundos de la Ciudad de Nueva York, es el desafortunado facilitador de esta noche. “Esta noche se irá todo a la mierda”, nos comenta a mí y a Alphonse, mientras regaña a las personas por hablar fuera de su turno. Según Wolens, cualquier discusión en las reuniones de ACT UP (y a menudo Queer Nation) usualmente se tornan en este tipo de argumento de calle sin salida. “Mi trabajo es asegurarme de que no terminen pegándose hostias.” nos dice medio en broma, medio en serio.
Wolens y Greaves nos hablan a mí y a Alphonse al final de la reunión. Cuando les pregunto sobre el tema de “lo políticamente correcto”, Greaves me dice orgullosamente que es una de las fundadoras de las Panteras Rosas, un grupo usualmente armado, tipo Ángeles Guardianes, que patrulla las áreas de Nueva York dónde las agresiones contra gays y lesbianas son comunes, para ofrecer apoyo y una demostración de poder queer. En su camiseta, una huella de gato rosada y el lema, “Devuelvo los golpes”.
“Las Panteras Rosas y Queer Nation crean un cortocircuito en la historia típica de la división binaria entre lo hetero y lo homo en nuestra cultura básicamente heterodominante, ¿vale?”, nos comenta Greaves mientras mueve sus manos como una maestra. “Mediante la visibilidad para los gays, a través de acciones políticas y fiestas de besos, tomamos control del espacio público, el cual está definido como zonas para la pedagogía política heterocéntrica.” Sobre el Che Guevara, Greaves nos comenta: “Creo que los gays poco a poco se están dando cuenta de las consecuencias de alabar como a un héroe a alguien sólo porque es una celebridad. ¡Mirad alrededor! La sustancia está triunfando sobre el estilo en la cultura gay de Nueva York. No sólo eso; lo está aplastando.”
“¿Pero eso no es otra forma de represión?” comenta Alphonse mientras sujeta su codo con una mano, sosteniendo con la otra un cubata imaginario. Greaves le mira con aire con gran autoconfianza, pero no le responde.
“¿Quién es tu amigo?”, me pregunta Wolens acercándose a mí.
“Gregory, te presento a Alphonse”. Los presento entusiasmado, esperando una bronca. Alphonse rehúsa darle la mano a Wolens, quien ha estirado el brazo, esperando un saludo.
“Qué mono”, dice Wolens con una sonrisa tierna y en un tono que utilizaría en una casa para ancianos. Alphonse tose agudamente y se pira.
Alphonse comienza a chillar mientras caminamos desde Revolution Books hasta el Tunnel, un bar en la Segunda Avenida. “Yo me escondí en mi piso la noche de Stonewall. ¡Podía escuchar todo lo que estaba sucediendo en la calle!” comenta, “¡Qué manera más irrespetable para pasar el luto por la muerte de Judy Garland!”
Alphonse pensó que la cúspide del activismo gay pasaría a un segundo plano tras los ataques de Stonewall en 1969, pero 10 años más tarde volvería a ver el resurgimiento del activismo durante el rodaje de la película A La Caza de William Friedkin en la zona del Meatpacking en 1979. “¡Todas las maricas dándolo todo para poder sobar al pobre Al Pacino! Yo no tengo problemas con las protestas, las cancioncitas y los banderines… ¡pero los maricones deben ser fabulosos, no fascistas!”
Cuando le pregunto a Alphonse sobre otros activistas considerados héroes de su época, le cuesta reconocerlos. “Soy discípulo de iconos gays como Lucius Beebe, aunque tú eres muy pequeño para recordarlo, cariño. Y recuerda, Harvey Milk estuvo de fiesta hasta los 40 años cuando de repente vío qué tenía sentido en su vida. ¿Adivinas qué lo mató? La política”.
Al ver que yo no estaba a gusto, Alphonse me comentó, “No me tomes por pesado, ¡los travestis de Stonewall eran adorables! Pero, hoy en día, ¡hasta los travestis son fachas! No hay nada que me toque más las pelotas que un travesti malo, y cualquier hombre, señalando y predicando política con una peluca, un vestido y unos tacones, es un travesti muy malo!”
“El activismo gay comenzó en América en 1950 con la Sociedad Mattachine”, le comento.
“¡Va, corta!”, me grita.
“Si, entiendo todo lo del sexo con protección y todas esas cosas”, Alphonse me dice mientras nos tomamos unas copas en el bar Tunnel, el cual está mal iluminado y lleno hasta los topes. “¡Fui socio del Mineshaft cuando eran fiestas privadas en el loft de Wally! ¿Perdí amigos por el SIDA? Mi libro de teléfonos se redujo a un panfleto. Pero, ¡por que yo esté vivo no significa que tenga que actuar cómo si estuviese muerto! Hoy en día hay tratamientos y medicamentos para el HIV… Encontrarán la cura en cualquier momento.”
No estoy nada de acuerdo con Alphonse y coloco mi dedo índice frente a mis labios indicándole que se calle.
“¡Cállate tú!”, dice él. “Estaba la otra noche en Jay’s en la Novena Avenida cuando de repente armaron un pollo en el cuarto de atrás. Aparentemente, alguien trató de metérsela a otro sin condón, y una pandilla de maricas bienpensantes trataron de echarlo del lugar. ¡Todos en bolas y empalmados! ¡Estás en un sex club, por amor de dios! Nadie en esta ciudad quiere hacerlo sin un condón. Toda una generación de hombres homosexuales con miedo a sentir algo.”
“Querrás decir a pillar algo”, opongo.
“Tú no entiendes,” dice Alphonse, moviendo la mano a la altura de mi cara. “Da igual, da igual… Cosas de la edad. Me voy al Bijou. ¿Quieres venir?”
Paso.
Pocos días después, una tarde a finales de verano, comienza la manifestación para conmemorar el 25 aniversario de Stonewall. En vez de interrumpirla, ACT UP ha decidido unirse a ella, más o menos. Alphonse y yo nos unimos, acercándonos a los de ACT UP y Queer Nation. Gregory Wolens y Kathleen Greaves han prometido volver a hablar conmigo, pero no los encuentro ya que la manifestación cada vez es más y más grande. Al llegar al cruce de la Sexta Avenida y la Octava Calle, se intensifican los ánimos entre coches, peatones y líderes de ACT UP, quienes cantan “¡La crisis del SIDA no es un lazo rojo!” Yo me uno al canto, pero Alphonse rehúsa.
“Me siento viejo,” me dice Alphonse mientras mira hacia el pavimento.
“¡Apoyad a nuestros soldados!”, les grita a los marchantes un chico de veinte y pico, muy nervioso, mientras pasamos a través de la Sexta Avenida. Los marchantes sudan de él y continúan su manifestación.
“¡Yay! ¡No me digas, no me lo cuentes! ¡El derecho a ir a la guerra! ¡El derecho a matar!”, grita una lesbiana que camina al lado nuestro a un grupo de manifestantes; todos se ríen.
Cuando le comento a Alphonse la lentitud de la marcha, él se espabila por primera vez en toda la noche y dice, “Si fuesen en patines, a lo mejor podrían cubrir más territorio”.
“Eso sería festivo”, respondo.
“¡El Cielo no lo permita!”, dice él con un suspiro. “Los maricas de esta ciudad en los 90 son demasiado serios con el tema de la política y el activismo comunitario… ¡Tienen sus cerebros dónde se supone que deberían tener sus pelotas! Casi no van a clubs ni a fiestas, tienen poco sexo, no usan drogas, no se preocupan ni por la moda ni por la prensa de corazón. Te aseguro que si seguimos así, en el año 2000 todos los bares para gays en Nueva York estarán cerrados… No tendremos nada más que manifestaciones políticas y discusiones en el West Village. Será una meca del intelectualismo gay y todos irán de gris. La derecha religiosa estará muerta y la homofobia ya no existirá. Te lo aseguro, tendrémos un presidente gay para entonces…”
Me resigno y dejo de escucharle.
El ambiente se pone tenso al llegar la manifestación a Sheridan Square. Algunos miembros de Queer Nation y ACT UP se han tirado en medio de la calle en la Séptima Avenida para una espontánea performance de “simulacro de muerte”. La policía se acerca al público, decidiendo si arrestar a los activistas. Alphonse y yo nos separamos de la mani y miramos. Los espectadores, en su mayoría homosexuales, se acercan para obtener una mejor vista.
“¡Pedagogía de identidad heteronormativa! ¡Política anti-asimilación!”, cantan los activistas “muertos” en medio de la calle.
Tengo ganas de escuchar la opinión de Alphonse sobre este espectáculo. Me giro para ver su reacción. ¡No lo encuentro! ¿Estará tirado con los “muertos”? No, no está ahí. ¿Estará delante o detrás de mí?
Le he perdido entre la multitud.
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