Pero dejemos de divagar y vayamos al turrón: mentalízate de que tú eres un aguerrido y bien dotado escalador cuyo hermano se ha esfumado en el Himalaya cuando trataba de ascender a la peligrosa montaña de Chomolonzo (en mi casa, Chocholoco). Tu objetivo es recuperar al fratello perdido, escalar el dichoso pico y, de paso, repeler el acoso de fantasmas y aberraciones varias de las nieves que te quieren joder el plan y la vida. Cursed Mountain es un juego inquietante, sí, porque sabe crear una ambientación aislacionista, desasosegante, tenebrosa… Es la lucha del hombre contra los elementos y las apariciones terroríficas; pura hostilidad y desespero al mando. Lo bueno es que, cuando los espectros esquiadores te hayan prácticamente despellejado vivo y estés realmente hundido, siempre podrás acceder a algún poblado budista, reponerte y supongo que fumarte un buen canuto de tate nepalí. De hecho, hay rollo budista por un tubo en este juego. Ahora que lo pienso se podría soltar a Nacho Cano y Richard Gere por esos montes: quizá hasta mancharían los calzones del subidón de nirvana. Me explico: Cursed Mountain te permite activar tu tercer ojo (hasta yo pasaré de chascarrillos anales, ni que sea por una vez) y lanzar unos ataques espirituales que dejan los conjuros del Doctor Extraño en una mariconada de pueblo.
Además, hay otro detalle que me ha convencido del todo: Cursed Mountain prefiere sugerir y avanzar lentamente, en lugar de inundar la sesión con sangre, persecuciones a toda pastilla, movimientos rápidos, monstruazos hipertrofiados y otras veleidades para los que buscan nervio: estamos ante juego ideal para fumetas, un survival horror atmosférico y calmoso que entra tan bien como un petardo de afgano (o, para que me entiendan los que no fuman, como un té verde, que va muy bien para el corazón). Os lo digo yo, aquí y ahora, mientras me fumo uno del tamaño de un calabacín y pongo los quesos en la estufa de butano.
ÓSCAR BROC
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