Hay mujeres que utilizan su tubería abdominal para ganarse 90.000 euros ayudando a una pareja a tener un bebé. Hay mujeres que usan la vagina para ganarse 90.000 dólares follándose a otras mujeres en una peli porno. Si somos realistas, ninguno de estos dos escenarios es lo normal, y ambos son igual de extraños y sucios; sin embargo, el primero implica inyectarse hormonas durante meses, mientras que el otro sólo implica aguantar a unas perras lesbianas durante unas horas. Como soy una persona con poco dinero y aún menos inhibiciones respecto al sexo, elegí el camino rápido.
En una página de anuncios por Internet, ahí donde nacen todas las grandes ideas, un caballero decía estar formando un grupo de jovencitas con clase para producir un video sexual para un tipo acaudalado al que se refirió (en esta y en todas las ocasiones posteriores) como "el Alemán". El Alemán pagaría 90.000 dólares a cada una de las damas involucradas; lo único que había que hacer era realizar actos amatorios con otras chicas en un plató profesional indeterminado con luces, cámaras, ángulos y todo eso.
Mierda, probablemente era una estafa, pero qué más da. Esto, en caso de ser cierto, no estaría tan mal. Además, ya había estado bastante con otras chicas (sin mucha destreza y no por mucho tiempo) como para saber que eso me gustaba. Así que me saqué una foto, vestida con un kimono de color turquesa y con los labios pintados de rojo, posando de forma sugerente ante la pared color lavanda de mi habitación, en las que se veía una pequeña parte de la vagina. Envié esa fotógrafa como presentación, con una carta de presentación en la que decía lo cómoda que me sentía con otras mujeres y que ya había trabajado antes en la industria del sexo, por lo que este tema me encantaba.
Me respondieron de inmediato. No me acuerdo del nombre del tipo, así que me referiré a él como "el director". Me comentó lo buena que estaba y que sin duda estaba dentro del proyecto. Dijo que sólo necesitaba encontrar a otras chicas de mi altura y que después me llamaría. Sólo le hacía falta encontrar a otras chicas de mi calibre, pero que después me llamaría.
Para acelerar las cosas, decidí preguntarle a una chica con la que había estado enrollada durante varios años —aunque también habíamos estado enrolladas con chicos de vez en cuando— si quería acompañarme en esta aventura. ¿Por qué no compartir esta experiencia-enriquecedora-aunque-seguramente-falsa-pero-qué-más-da-no? Aunque realmente creo que hubo algo de amor correspondido entre esta chica y yo, ella no era lesbiana y yo aún negaba que lo fuera, así que tampoco hicimos demasiado en la cama. Aunque sí follamos alguna vez, no duró mucho tiempo y estábamos borrachas. Lo más íntimo que hicimos fue besarnos mientras nos levantábamos la camiseta para sentir el contacto de nuestras tripas. Pero ¿y qué? Claro que podíamos hacer una porno hardcore con un montón de desconocidas.
Le dije al director que tenía otra chica para la película. Me contestó que, antes de aceptarla, tenía que cerciorarse de que hubiera química entre nosotras. Pensé que nos estaba jodiendo pero, la verdad, es que sentí curiosidad. El caso es que quedamos en mi casa y ahí, ella y yo nos besamos y desnudamos como verdaderas profesionales. Me encantaba la idea de poder tocarla estando sobrias (al fin) —aunque fuera a costa de tener de público a un tipo negro y calvo vestido a juego con la línea de sábanas Safari de Ralph Lauren—. Esa fue la única vez que la escuché tener un orgasmo, o fingirlo—lo que fuera.
Después de eso, el director declaró que parecíamos auténticas, que habíamos pasado el examen y que ahora debíamos hablar de negocios con cervezas frías y patatas fritas. La situación fue más que irreal en ese momento. Acabábamos de follar—así: follar bien—por primera vez desde que nos habíamos conocido dos años antes, y lo habíamos hecho ante un extraño, y estábamos: “Oh, sí, comida, bebida”, todo perfectamente natural, como si de ahí en adelante el director fuera a formar parte de nuestra relación.
Nos ilusionó con historias sobre contratos y exclusividad, convertir nuestros nombres en marcas (decidí utilizar como nombre artístico el de una tipa frígida y virgen con cara de estúpida que me las había hecho pasar putas sólo para que, cuando la buscaran en Google, pensaran que se trataba de una sucia lesbiana). Y después, como quien no quiere la cosa, nos ofreció 2.000 dólares a cada una para que volviéramos a mi casa y dejáramos que nos lo comiera a la vez. Estábamos de acuerdo en que no era lo más profesional que pudo haber hecho y, amablemente, declinamos la oferta y seguimos hacia la siguiente fase del proceso de la película.
Se supone que una semana después conoceríamos a las demás chicas que el director había escogido para el Alemán. Yo tenía la regla y, aunque he tenido novias que han aceptado tener algo de mambo con el tampón puesto, no creí que otras personas lo disfrutaran, así que no me molesté en rasurarme o depilarme porque se trataba de un ensayo sólo para ver—y, si eso, follar—qué cosas le gustaban a cada una de nosotras. Decidí que yo me encargaría de las tareas principales y no esperaría recibir nada a cambio; por eso mismo, a nadie debía importarle que anduviera con algo de pelusilla ahí abajo.
Nos dirigimos a una habitación, y el director me presentó como la estrella de la película ante las otras chicas, que estaban tumbadas en un par de camas. No sé por qué lo hizo. Había una chica con experiencia en el mundo del porno que lucía perfecta: cabello castaño, piel tostada y unas tetas que le reventaban la camiseta. “¿Tengo que soportar esto?”, se quejó en voz alta. Hizo un globo con el chicle, recogió un pequeño bolso Louis Vuitton y se fue. Decidimos ignorarla, era una zorra, aunque al final nos dimos cuenta de que, de entre todas nosotras, ella era la única profesional con un poco de sentido común.
Las demás chicas tenían bronceados de solarium y el pelo reseco —salvo la lustrosa negra que estaba en el ejército y “tenía marido pero quería ver lo que se sentía estando con mujeres”. Una mujer con la piel naranja había conducido desde Michigan para unirse al equipo de la película, pero había llegado una hora antes por la diferencia horaria y estaba tan nerviosa que ya había empezado a darle al Pucker de manzana, nuestro cóctel para la velada. Ya empezaba a pronunciar mal las palabras cuando empezamos a jugar a la botella para conocernos.
Normalmente, cuando juegas este juego, los participantes se besan. Es muy sencillo. Pero aquí el director se entrometía con sugerencias como “Oye, ¿por qué no le quitas la blusa a esta chica y le pones un poco de nata en los pezones?”.
Después de varias intromisiones, me mosqueé. Nos había dado largas y yo esperaba una charla para que nos explicara que este era un ambiente amistoso donde no había presión, que nosotras haríamos lo que quisiéramos según lo que nos apeteciera y que, si no surgía nada, no pasaba nada y ya: sin problemas.
“Oye”, exploté, “creí que sólo nos conoceríamos entre nosotras. Creí que se trataba de eso. No necesitamos tu ayuda”. En ese punto las cosas cambiaron y descargó su ira contra mí diciéndome que él era el director, no yo, y que si no me callaba la puta boca iba a terminar jodiendo esta oportunidad a todas.
Las chicas me miraron fatal, me miraron como no me había mirado nadie desde la clase de gimnasia de sexto de primaria, cuando le dije a una rubia oxigenada llena de granos que se parecía a Beavis y me pegaron en el vestuario. Así que me limité a ser una puta útil y chupé pezones tal y como me lo pidieron.
Perdón por saltarme partes de la historia, pero, sinceramente, no recuerdo cómo terminamos desnudas y emparejadas. Me tocó una joven muy atlética con mechas rubias y un tatuaje tribal muy grande a lo largo del vientre con el nombre de su ex novia. “Mi chica murió en un accidente de tráfico”, me dijo acariciando el memorial abdominal mientras se lamentaba porque la muerte se lleva siempre a las mejores.
Rápidamente, llegamos al acuerdo de que yo me haría cargo de los negocios, y lo siguiente que supe fue que estábamos tiradas en la alfombra, ella a cuatro patas y follándome la boca. Cerré los ojos y me dejé llevar. No tengo ni idea de dónde estaba mi novia ni con quién—y realmente no quería saberlo.
Podía escuchar risitas, murmullos y personas chupando cerca de la habitación. Tras unos minutos, los verdaderos sonidos comenzaron: gemidos muy entusiastas, seguramente fingidos y no sinceros, y después flujos de aire ante mí. Intentaba no oír los pedos vaginales: salen de verdad; estaban saliendo de un agujero que estaba al lado de la vagina de mi coprotagonista. Olían fatal, como si estuviéramos follando por el culo, aunque no lo estábamos haciendo. Y, conforme pasaban los minutos, cada vez era más fuerte.
Mientras tanto, el director caminaba por la habitación dando consejos y haciendo comentarios. Se detuvo frente a nuestra escena y dijo —con un tonillo aprobatorio—: "Yeah, esto parece muy real”. Me sentí un poco mal de recibir la validación de ese cabrón pero, al mismo tiempo, estaba orgullosa: me habían rechazado muchas lesbianas a lo largo de mi vida, y ahí estaba: con las mayores zorras. Bien.
Diez minutos después, el director pidió un descanso. Aparentemente, la chica de Míchigan vomitó en medio de toda su pasión y después se desmayó. Hora de hacer un descanso y ver cómo iba todo.
Al otro lado de la habitación, mi novia me avisó de que ya había terminado y quería largarse de allí. Le dije que creía que ya habíamos demostrado bastante: “Gracias, chicas, y buenas noches”. Nos miraron con cara de ¿adónde creen que van?, pero nosotras ignoramos ese mal rollo, nos vestimos y nos largamos de allí.
Pero al salir pude oír como alguien se reía a carcajadas. Volví, pegué la oreja contra la puerta y oí: “Esa chica parecía un perro sarnoso. ¿Por qué no se rasuró? ¡Qué asco!”.
Me sentí herida. Me había comido a esa puta zorra durante diez minutos mientras se pedorreaba en mi cara y no había dicho ni una sola palabra y estas viejas, a las que también les crecía el vello, ¿se burlaban de mi mata? Mi novia me sacó de ahí antes de que pudiera montar una escenita.
Esa fue la última vez que vi a mi novia. Al día siguiente, me mandó un correo diciéndome: “Vaya, eso fue realmente salvaje”. En el siguiente mensaje que me envió me explicó que la experiencia la había traumatizado y que no quería volver a verme. Por otro lado, el director me dijo que retirarme pronto no había sido nada profesional y que el Alemán no toleraba que las chicas se rebelasen. Vamos, el tema este del video porno se cargó temporalmente mi dignidad y mi respeto y arruinó una relación para siempre. Supongo que eso es básicamente lo que se supone que siempre pasa. Sin embargo, me sentí orgullosa y segura de mí misma, de ahora en adelante, con todo lo que implique follar con otras mujeres.
Y ahora, ¿quién quiere salir a comer un burrito y follar?
LIZ ARMSTRONG
ILUSTRACIÓN DE NICK GAZIN
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¡Pero qué asco, por favor!
Publicado por: gemma | 22/10/09 en 12:10
Gemma, en serio, sin acritud: tú sí que das asco.
Publicado por: mathchoman | 23/10/09 en 17:45
me he puesto burro...
Publicado por: troglo | 26/10/09 en 12:45
Bastante basta la chica esta... me gusta!
Queremos más historias sobre escarceos sexuales, esto es mucho mejor que el 'Sálvame'.
Publicado por: Ernesto de Hangover | 26/10/09 en 15:51
pUES vayA!
Ya te digo, esto de fiarse de los anuncios, igual han filmado toda la movida y luego estará en internet, habéis trabajado gratis! vaya tela con los timadores.
Bueno, es lo que hay, paciencia y a pasarlo bien!
Publicado por: Jean Oliveira | 26/10/09 en 21:03
no hay fotos?
a la mierda
Publicado por: Osito Pajillero | 28/10/09 en 22:33