El pintor
Daniel Lezama es una especie de rebelde en el mundo del arte mexicano. Hay
quien lo odia, hay quien lo idolatra y no falta aquel curador mamón que le niega
el saludo, pero todos lo conocen, todos tienen una opinión de él. Básicamente,
el punto central es que Daniel juega con la historia de México de manera
absolutamente libre, sin respetar posturas ni seguir el discurso oficial que el
pais da de personajes históricos como Don Benito Juárez y todos sus
amigos. Daniel juega con todos estos elementos y, simplemente, se divierte como artista.
Vice: ¡Hey, Daniel! ¿Qué se siente al tener un culto underground dedicado a tu trabajo?
Daniel Lezama: Es extraño, porque no sólo está la gente del underground sino también la gente de todos los días, personas que en la calle me paran y me dicen, “¿Tú eres Lezama? Vi lo tuyo en una revista y me gustó mucho.” Y es muy raro, porque estas experiencias casi no suceden con el artista mexicano contemporáneo.
¿Que lo saluden en la calle?
¡Sí! El arte contemporáneo mexicano es de una élite dedicado a otra élite. No tienes contacto con otro mundo.
¿Buscas algo así como un discurso para todos?
Yo busco ser una persona sencilla, no quiero ser rebuscado. Cuando yo pinto, lo hago para mí. Quiero que las cosas sean inmediatas y legibles. Lo último que deseo es que mi cuadro sea complicado de entender, de ver, de vivir. Y creo que ahí está la honestidad.
¿No quieres que la ficción se interponga entre tus cuadros y tú?
Pues efectivamente no hay ficción visual. Lo que hay es una representación bastante fidedigna de un entorno; PERO, lo que hago con eso sí tiene ficción. ¿De qué estoy hablando? De que yo no hago cuadros que se llamen “Escena del metro No. 3.” Yo no quiero la anécdota cotidiana. Quiero tomar lo cotidiano y llevarlo al mito, la leyenda.
Es el proceso conocido, pero al revés.
Fíjate, yo creo que el arte contemporáneo siente una gran culpa y una gran deuda. Es la culpa de crear, la culpa de hacer cosas, la culpa de proponer desde el corazón y el espíritu humano.
Ah, cabrón. ¿Cómo va eso?
Después del desquicio que fue la segunda guerra mundial, el arte sintió que debía documentar las cosas y no proponer, porque la fantasía podía ser peligrosa. Se consideraba que el nazismo y el fascismo fueron el resultado de filósofos alucinados y soñadores. Entonces, de pronto, estuvo prohibido alucinar y soñar. Incluso se empezó a culpar y a señalar con el dedo a la filosofía Nietzscheana, lo cual es absurdo. Lo que sucedió fue una burda malinterpretación de ella.
Le dieron en la madre al Übermensch.
En toda la sociedad occidental surgió la sensación de culpa y no te podías dar el lujo de crear. Lo ves incluso con grandes artistas como Gerhard Richter, uno de los más prolíficos pintores alemanes, quien jamás pudo crear una imagen desde cero porque no más no se puede.
¿Piensas en todo esto cada que pintas?
Yo cuando pinto estas escenas me estoy liberando de la carga cultural de un siglo. Por eso yo creo que la gente se involucra con mi trabajo. Me gusta crear mis escenas de la nada, sin fotos, sin modelos, nada… Bueno, uso fotos pero no para copiarlas, sino para re-transformarlas en mi cabeza.
Yo me imagino que así como hay gente que agradece este regreso a la alucinación, hay personas que te mentan la madre cada vez que pueden…
Fíjate que no tantos. Es en el mundo del arte donde tengo varios detractores, gente con la que no puedo ni verme. Como cuando gane la Bienal Tamayo en el 2000. Patricia Martin –curadora del museo Jumex– saludó a todos menos a mí.
Chismes jugosos. ¿Tienes otro?
Eugenio López, fundador de la colección Jumex, dijo que mi trabajo JAMÁS estaría en su colección.
Ouch.
Para mí es un honor.
Cierto, mejor que hablen mal de tí a que no hablen.
Me interesan mucho los argumentos cuando hablan mal de mí. Digo, también cuando hablan bien de mí. Yo entiendo que no todos querrían poner un cuadro mío en su casa. Es evidente que hay personas que prefieren ver mi trabajo en un museo, o en un libro.
¿Algo que puedas esconder?
Exacto. Hay gente muy valiente y muy chingona que no le da pena, pero comprendo que también hay personas que dicen, “Me gusta la obra, pero yo no quiero colgarla en mi casa y que la vea mi abuelita.”
¿Te pasa muy seguido?
Sí, incluso admiradores e intelectuales me han dicho que les gusta mi trabajo pero que jamás lo colgarían en su pared.
Debe ser frustrante.
Eso se vale y no hay bronca. Es muy interesante pensar en los mecanismos de la gente que escribe mal de mí en el periódico y las revistas.
¿Te han acusado de destruir el mexicanismo?
Increíblemente hay quien me lo ha dicho. Que mi trabajo es condescendiente o que exploto el morbo.
Igual es porque tendemos a poner nuestra cultura en un pedestal intocable.
Bueno, antes no era así. Estás chavo e igual ya no te tocó. Pero cuando yo era chavo, hace 20 años, ser mexicano era mierda. Y creo que hemos ganado orgullo, a veces mal entendido, pero yo estoy contento de que México haya empezado a verse de otra manera… Tal vez yo soy parte de ese proceso.
Prometí evitar esta pregunta, pero, ¿este antimexicanismo influyó en tu obra?
Yo amé México desde muy niño. A pesar de que mi padre, con el que llevé una relación muy estrecha, era un antimexicano a veces ferviente. Para mí era muy extraño.
Creo que eso explica que tu estudio esté aquí en el centro histórico de la Ciudad de México.
Razones prácticas o no, el centro histórico es el ombligo del mundo. No es cotorreo, la energía y la vitalidad de este lugar no tiene comparación.
Como toda buena metrópoli, siempre se mueve. Quizá no tenga dirección, pero se mueve.
La ciudad es una en movimiento interior. No tiene la historia del comercio o la guerra en sus venas, como en otras capitales del mundo, yo creo que aquí corre la sangre, el sexo, el amor y las sensaciones.
…y vaya que corre sangre.
Pues sí, pero no la del delito, me refiero a la del sacrificio. La que está abajo, guardada en el subsuelo. Yo creo que el trabajo del artista es dar con esos cables y crear con ellos. Y en la ciudad de México están a flor de piel. Si eres William Faulkner tendrás que escarbar kilómetros, pero si eres Carlos Fuentes (por soltar algún nombre) los tienes bajo tus pies.
¿Y por qué algunos nunca dan con los cables?
Tiene que ver con la forma en que tú miras las cosas. Yo creo que como artista tienes que deseducarte. Y no aseguro que sea un proceso agradable, productivo o sano.
No me digas que eso de la revelación divina que tienen todos los artistas es pura mamada.
No, no lo es. Pero esa revelación puede ser algo terrible y la sensación de angustia o mortalidad consecuente puede ser muy cabrona. Y yo creo que por eso algunos artistas deciden no buscarle mucho. Que va muy de la mano con la mayor parte del arte que ves hoy en día.
¿Cómo lo ves tú?
Mucho formalismo, formalismo que habla de diseño, la apropiación de imágenes mediáticas, la transformación del arte por medio de la computadora. Diseño salpicado de arte. A veces pienso que ya hay escritores que escriben como diseñadores.
¿Cómo va eso?
Importa la estilización de las cosas. Ya no importa lo que dices, sino como lo dices. Si no sale de adentro, el resultado es pobre, a pesar de que cumpla todos los parámetros. No toca las fibras del espíritu.
ROY FAJARDO
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