Quise presenciar y documentar cómo están las cosas para los sudamericanos y los centroamericanos, así que me uní a un grupo de chapines guatemaltecos y de catrachos hondureños en Chiapas, cerca de la frontera sur de México, para seguir su camino hacia los Estados Unidos. Es un sitio privilegiado para observar. A plena luz del día puedes ser testigo de legiones de personas haciendo malabares para pasar a través de las cada vez más definidas líneas que separan a un país del otro. Rápidamente me di cuenta de que los inmigrantes tienen dos opciones en su camino hacia el norte: subir a un autobús o saltar a un tren. Sea como sea, les esperan mexicanos con ametralladoras y una actitud de mierda.
Si eres un inmigrante ilegal que va en autobús, lo que al otro lado de la frontera se llama un tijuanero, necesitarás estar preparado para hablar en los numerosos puntos de control policial que te encontrarás a lo largo del camino. El viaje cuesta unos 80 dólares y va desde el sur de México a los principales puntos de cruce de la frontera del norte. Lo ideal es mezclarse con los pasajeros mexicanos para asegurarse un viaje tranquilo.
Los policías de inmigración mexicanos paran frecuentemente a los sudamericanos y a los centroamericanos para abusar de ellos. Los viajeros sin la documentación apropiada detenidos a la espera de su deportación. Para probar su ciudadanía, se les requiere para que hagan cosas como cantar el himno nacional y responder preguntas sobre historia. Aquí, un policía interroga a un inmigrante de Guatemala.
Un error común sobre los inmigrantes de cualquier tipo es que es la pobreza lo que les lleva a salir de sus países de origen. Pero en México, incluso si los inmigrantes son suficientemente valientes como para intentar el traicionero viaje sin tener ayuda ni de los coyotes, necesitan mucho dinero para comida, sobornos policiales o extorsiones de los sicarios de los narcotraficantes, conocidos como “Zetas”.
A la luz del día y a algunos metros del punto de inspección fronterizo, docenas de personas cruzan el río Suchiate, que divide México y Guatemala. Sí, lo que esa adolescente lleva envuelto es un bebé. Corren buenos tiempos.
Una mañana conocí a un grupo de inmigrantes que localizaban trenes a los que poder saltar. Después de estar horas buscando un sitio en el que esconderse de la patrulla fronteriza, encontramos un lugar con sombra y nos relajamos un poco. Los viajeros hablaban de cómo era vivir en Honduras y del acto temerario de entrar y salir de trenes mexicanos. De repente escuchamos un silbido. Todo el mundo se quedó en silencio y se preparó para correr hacia las vías.
Los viajeros cogieron sus mochilas y se ataron a los pantalones recipientes para agua de cinco litros. El ambiente era tenso. Todo el mundo permaneció escondido hasta que pasó el vagón del conductor y, entonces, pocos momentos más tarde, empezaron a correr y a saltar al tren: las mujeres y los niños primero.
Algunos no consiguieron subir, pero los que lo hicieron sonreían con alivio mientras decían adiós. Su viaje, de todos modos, estaba lejos de terminar. Éstos son trenes de mercancías, así que los pasajeros deben subir al techo o atarse a las escaleras para no caer mientras duermen. También deben ser muy cuidadosos con los metales ya que se pueden calentar tanto como para freír un huevo o se pueden enfriar como para causar hipotermia.
Hay una casa para inmigrantes en Saltillo conocida como Casa Belén, donde pasé algún tiempo con varios inmigrantes sudamericanos y centroamericanos. Contaban historias desasosegantes sobre la dureza de sus viajes, que incluían a los Zetas, violaciones y abusos físicos a manos de las autoridades mexicanas y de ladrones armados. Hay muchos de estos sitios improvisados a lo largo del país donde los viajeros pueden descansar, dormir, comer e incluso darse una ducha tras días a bordo de un tren de mercancías. Pocos, si es que hay alguno, tienen la aprobación de los mexicanos del lugar.
Muchos
inmigrantes indocumentados viajan en grupos que constantemente añaden y
pierden miembros. La solidaridad y la seguridad entre ellos es
fundamental para conseguir el objetivo de llegar sanos y salvos a los
Estados Unidos sin que les roben, deporten o maten.
TEXTO Y FOTOS: LUIS AGUILAR
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