No es precisamente una noticia de ultimísima hora pero, ¿qué son dos semanas frente a toda la eternidad, que es inconmensurable y ajena a nuestros conceptos mundanos del antes, el ahora y el después? Ante la transitoriedad y relativa tirando a escasa importancia de las cosas que nos atañen a los mortales en nuestro diario devenir, la eternidad se nos presenta como un destino apetecible; no tanto un período indeterminado de tiempo -pues hablar de tiempo es fútil en tanto que su medición es invento humano-, como un ámbito al margen de cualquier racionalización en el que del primero al último de nosotros descansará tras el óbito libre de llamadas intempestivas de parientes pelmazos, recepciones de mensajes SMS de carácter supuestamente chistoso y politonos estridentes del mongolo de al lado cuando te amodorras en el metro. Y que se queden aquí los demás y si algo quieren que apunten con el móvil a la lápida, como propone un probo ciudadano japonés.
Servidor no tenía ni idea y a mucha honra de lo que es un código QR hasta que un compañero mejor informado le explicó que se trata de un galimatías de recuadros blancos y negros que, mira tú por dónde, contiene información que con el móvil adecuado se puede descodificar. Las posibilidades del invento son muchas; es factible, por ejemplo, llevar una pancarta QR al campo de fútbol para que cualquiera, telefonillo mediante, se entere de lo que opinas del equipo contrario y de la madre del árbitro. O incrustar el código de marras en una lápida para que los visitantes descarguen en su aparato imágenes y vídeos de la vida del finado: aquella vez en que le sorprendieron acomodándose la entrepierna, recreándose en la operación más de la cuenta; ese momento tan divertido en que resbaló en el pavimento húmedo y se hizo cisco el hueso sacro o cuando un compañero de trabajo le instaló de fondo de pantalla la foto de un transexual enhiesto segundos antes de que le hiciera una visita el director general.
Tal que así es el pitorreo que nos acompañará durante toda la eternidad como triunfe el invento de Ishinokoe, un nipón fabricante de lápidas hi-tech que no ha tenido mejor ocurrencia. Imaginad que la palmáis, os meten en un nicho y que cualquiera con un telefonito último modelo pudiera acercarse, descodificar el QR de la lápida y acceder a las fotos de tus vacaciones en Marina D’Or, tu despedida de soltero (buena que estaba la stripper, ¿eh?), tus caras de resaca y el mítico vídeo en que sales rajando de tu mujer sin percatarte de que está detrás. Y tanta alegría y francachela para propios y extraños a tu costa por el módico precio de un millón de yens, 8.390 euros de nada. Qué japonés tan avispado. Qué gran paso adelante para la Humanidad. Qué eternidad más jodida nos espera, mientras resuenan en nuestros oídos las carcajadas de los vivos por los siglos de los siglos.
JESÚS BROTONS
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Decirlo es una obviedad, pero los japoneses están pirados.
Publicado por: urko | 09/02/09 en 23:28