Pip es un sofisticado hombre de negocios americano residente en Brasil. Nos sentimos honrados y felices de contar con su amistad, sobre todo cuando nos explica entretenidas historias de sexo y violencia, ingredientes cotidianos del día a día en Brasil. No hace mucho nos contó cómo casi se cae de culo (bueno, daño precisamente no se hizo), al conocer en persona los beneficios de una tradición sexual africana surgida de las encarnizadas pugnas entre distintas facciones mozambiqueñas. Oh, pero mejor que os lo cuente él.
En otoño pasado fui a Maputo en viaje de negocios. No puedo entrar en detalles porque mi actual esposa es una mujer inteligente y sagaz y desciende de una poderosa familia de brujas. Durante la semana que estuve allí trabé amistad con una de las recepcionistas de la sucursal de nuestra oficina, una mujer titulada en psiquiatra cuyo marido era sobrino de un ex presidente. Tras mi marcha seguimos en contacto, básicamente hablando de su idea de fundar una empresa de importaciones y exportaciones entre Mozambique y Sao Paulo, ciudad que no está muy lejos de donde yo vivo.
Me preguntó si podía ponerla en contacto con alguien del distrito judío / coreano que estuviera metido en el sector textil. Yo pensé en Antonilton, un viejo amigo mío de Recife que en los últimos quince años ha subido en el escalafón del negocio de la venta al por mayor trajinándose mujeres coreanas en el catre. Deseando evitar problemas con mis esposa, una mañana típicamente desagradable me desplacé hasta Sao Paulo para encontrarme con ambos y tomar unas copas. Al cabo de un rato Antonilton se excusó y se marchó. Estábamos en Campos Elíseos, el que fuera el primer vecindario opulento de Sao Paulo, ahora sumido en la decadencia. Rodeados de desvencijadas mansiones victorianas y degradados edificios de apartamentos, preguntamos a un taxista por el hotel-picadero más cercano. Cruzamos un plaza y entramos.
Una vez en la cama, lo primero que ella hizo fue lamerme el culo. Os juro que es verdad. Encontré el gesto terriblemente halagador, lo más amable que hayan hecho por mí en mi vida. Por otra parte la situación me provocaba sentimientos encontrados: ahí estaba yo, los 40 recién cumplidos, con pensamientos ocasionales sobre la muerte, fondón y bajo de forma. Y una mujer casada había volado desde África para pasarme la lengua por el ojete.
Esto sólo fue el principio. Se tumbó sobre su estómago y, mientras la montaba, ciñó sus piernas alrededor de mi cintura, moviéndolas hacia delante y atrás guiando mis movimientos. Demasiado irritadas sus intimidades para continuar, abandonamos el hotel dos días después. Viajamos en metro con las manos entrelazadas. Era la primera vez que ella viajaba en metro. En Mozambique no tienen, y tampoco en Swazilandia, país al que su padre la había enviado años atrás para estudiar en un cursi internado femenino.
Más adelante descubrí lo que sucedía. Según parece, el norte y el sur de Mozambique mantienen una fuerte rivalidad desde hace largo tiempo. Las norteñas se consideran a sí mismas expertas en la ciencia y arte del follar. Cuando las chicas de Zambezia llegan a la pubertad, las mujeres de la comunidad las aleccionan en la materia en una ceremonia que dura una semana entera. A lo largo de los años esta tradición se ha convertido a las leyes de la oferta y la demanda y ahora las mujeres del sur que desean impresionar a sus amantes pagan 300 dólares por un cursillo impartido por zambezianas. Un compañero de trabajo me reveló que la chica había seguido uno de estos cursos como preparación previa a su visita. En otras palabras: había pagado 300 dólares para aprender a lamerme el culo, y había volado hasta Sao Paulo, corriendo ella con los gastos, para mostrarme sus recién adquiridas habilidades.
Durante nuestras improvisadas vacaciones ella y yo bebimos y bebimos y fuimos de juerga con unos amigos a un concierto de samba al aire libre. Finalmente llegó el momento de despedirnos. Yo tenía que coger un avión, regresar al trabajo. A punto de separarnos, ella sufrió un ataque de náuseas. Comida en mal estado, probablemente.
“Mira”, le dije, “sé que éste es un momento terrible para decir esto...”
“¿Por qué?”
“Porque estás vomitando. Tendrás un reflejo pavloviano cada vez que pienses en mí diciendo esto”.
“Venga, hombre”.
“Sólo quería decirte que ha sido una de las cosas más bonitas que nadie haya hecho nunca por mí”.
Y a continuación me marché.
PIP
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o sea, una mujer negra no está bien educada si no le mete la lengua en el culo a un blanco, no? Racistas y machistas, no se si sois más una cosa o la otra
Publicado por: Eva | 30/10/08 en 19:33