Mi primer encuentro con la narrativa de Michael Moorcock no fue de los que propician una amistad duradera, he de admitirlo. ¿La culpa? De ninguno de los dos, sino de la poco lucida traducción de la edición que a finales de los 70 hizo la división de libros de la revista Star de The Time Of The Hawklords, una novela escrita al alimón con Michael Butterworth en 1976 y aparecida aquí con el título de El Tiempo de los Señores Halcones. Lástima de volcado hispano, pues la cosa tenía su gracia: los Hawkwind de protagonistas, y con Lemmy aún en filas, luchando en un futuro indeterminado por la libertad de todo quisque en la galaxia con su música como arma. Me reconcilié con Moorcock años más tarde, una vez pude leerle en su idioma original, simpaticé con él a raíz de sus canciones al frente de Deep Fix y le celebré como se merece gracias, de nuevo, a Hawkwind, quienes en 1985 pusieron música a una de sus sagas más populares, Chronicles of the Black Sword. Rectificar, en mi caso, no es de sabios sino de necios, pues uno tiene ya su edad y no está para dragones, espadazos, magias negras y reinos perdidos. Pero qué le voy a hacer, servidor es así de poco realista y la salida al mercado de Elric: La Forja de un Hechicero, una novela gráfica que narra las andanzas previas del guerrero albino protagonista, le ha puesto de buen humor y brindado unas cuantas sesiones de lectura en el tren y el metro memorables.
Transcurre la acción, según se nos indica, poco antes de lo narrado en su novela de 1972 Elric de Melniboné, y el tratamiento que aquí se le dan al personaje y a sus aventuras oníricas no tiene tanto que ver con el universo de Moorcock como con las cuitas superheroicas habituales de la casa DC (un apunte: ¿veremos algún día un duelo a sopapos entre Elric y Lobo?), hecho al que no es ajeno el tratamiento gráfico de un experto en la materia, Walter Simonson (Thor, Factor X, etc). Se pueden poner al libro las pegas que se quieran, empezando por la idea central de un valiente principito que debe demostrar su fuerza y valor si quiere acceder al trono y gobernar sobre hombres y bestias; estas cosas son sine quibus non en el género de espada y brujería y ni Moorcock, militante anarquista, está tan fuera de sus cabales como para imaginar a Durruti a lomos de un dragón. Puede achacarse asimismo que de viajes iniciáticos ya está el lector actual un tanto saturado, pero es que sin ellos quizá no existiría la literatura tal como hoy la conocemos, pues de estos viajes se nutre el canon literario clásico. ¿Es Elric: La Forja de un Hechicero un relato clásico? Pues sí, lo es, en cierto modo. Sus formas y trasfondo son totalmente clásicos, y puede por tanto leerse en el metro con la cabeza bien alta.
No hace falta ser un fan del power metal para disfrutar con las andanzas de Elric, aunque no me cabe duda de que los fans de Rhapsody Of Fire verán más de un parecido entre las crónicas de la Espada Negra (que en realidad se llama Stormbringer, como el disco de Deep Purple) y la saga de la Espada Esmeralda que los italianos se sacaron hace unos años de la manga (plisada). Y yo, que en cuestión de power metal me ciño a Virgin Steele y poco más, no puedo por menos que alegrarme de que Moorcock siga tan fiel como siempre a sus obsesiones, que en su caso no lo son tanto sino sello de autor. Que lo es, a Crom pongo por testigo. Ah, lo edita Planeta DeAgostini, se me olvidaba decirlo.
Os dejamos con unos minutos musicales a cargo de Bathory y unas cuantas viñetas de Elric.
JESÚS BROTONS
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